Jerga
Los profesionales recurren a menudo a la jerga especializada —es decir, palabras y siglas propias de su ámbito laboral— para comunicarse con mayor rapidez y precisión entre colegas del mismo sector. Como profesional, debe dominar y utilizar la jerga de su industria; no obstante, procure emplear un lenguaje más accesible al dirigirse a personas menos familiarizadas con esos términos, a fin de no proyectar una imagen arrogante o condescendiente.
Podemos dividir la jerga en dos categorías: términos y acrónimos.
Por ejemplo, existen términos del ámbito médico que se han incorporado al lenguaje cotidiano, como hipertensión, anemia y osteoporosis; sin embargo, también existen conceptos mucho menos comunes conocidos casi en exclusiva por los profesionales de la salud, como estado hiperosmolar hiperglucémico, osteocondritis disecante y duodenopancreatectomía.
Del mismo modo, hay siglas médicas integradas en la conversación general, como RCP, TDAH y UCI, frente a otras notablemente más especializadas, como SDRA, LES o NSTEMI.
Cuando un médico habla con otro sobre la salud de un paciente, recurrir a la jerga técnica les permite transmitir un gran volumen de información en poco tiempo, ya que ambos comprenden con exactitud el significado de cada término.
Por ejemplo, si un médico le dice a otro: «El paciente presenta un síndrome coronario agudo, probablemente debido a un infarto de miocardio sin elevación del segmento ST, y requerirá terapia de anticoagulación inmediata y angiografía coronaria», el uso de esta jerga resulta idóneo y es lo que se espera entre especialistas médicos.
Sin embargo, si ese mismo médico debiera explicarle el cuadro a un familiar del paciente, tendría que utilizar términos mucho más llanos para ser comprendido. En tal situación, convendría reformular el diagnóstico técnico diciendo: «Está sufriendo un infarto y le estamos administrando anticoagulantes mientras determinamos la causa».
Como regla general, al dirigirse a otros colegas, emplee la jerga adecuada para su profesión y contexto. Esto exige un dominio sólido del vocabulario de su especialidad, adquirido mediante formación reglada, autoaprendizaje o experiencia laboral.
Por el contrario, al comunicarse con personas ajenas a su disciplina, prescinda de tecnicismos y utilice un lenguaje llano: expresiones claras y cotidianas que garanticen la comprensión de su interlocutor.
Evitar la jerga puede resultar especialmente difícil debido al fenómeno conocido como «la maldición del conocimiento»: cuando dominamos algo con tanta profundidad, nos cuesta concebir que los demás lo ignoren. Este efecto se acentúa en perfiles con altos niveles de formación, trayectoria y especialización, lo que en ocasiones dificulta que los expertos expliquen conceptos en términos cotidianos, al olvidar que no todo el mundo comparte sus conocimientos.
Por ejemplo, un mecánico podría detallar una avería al propietario de un vehículo diciendo: «Tiene un inyector de combustible defectuoso que está provocando un fallo de encendido en uno de los cilindros, probablemente por una falla en el sistema de inyección, lo que hace que suministre una cantidad errónea de combustible a destiempo dentro del ciclo de combustión».
Para el mecánico, se trata de una explicación lógica y comprensible; para el cliente, puede sonar indescifrable. En un lenguaje accesible, bastaría decir: «El combustible no está entrando correctamente al motor».
La situación se complica ante audiencias mixtas, integradas tanto por profesionales de su sector —que esperan el uso de terminología técnica— como por personas externas que se perderían con un discurso saturado de tecnicismos. En estos casos, conviene reiterar las ideas clave en dos pasos: primero mediante la jerga precisa para conectar con los especialistas, y de inmediato con una explicación llana para que el resto del público siga el mensaje con claridad.
Imagine que es un desarrollador de software exponiendo en una conferencia de electrónica de consumo ante un auditorio compuesto tanto por programadores como por usuarios finales. Para asegurarse de que todos comprendan la propuesta, podría decir: «Nuestro producto protege el acceso a la API mediante cifrado de clave pública, lo que permite a las entidades federadas acceder a repositorios de datos remotos a través de un flujo de bytes dúplex completo no TCP/IP. En otras palabras: permitimos que los equipos se conecten de forma segura sin pasar por internet».
Al expresar el mismo concepto en dos niveles, consolida su autoridad frente a los especialistas sin resultar distante ni condescendiente ante quienes no dominan la materia.
Además de la jerga técnica, los profesionales suelen emplear un argot laboral compuesto por modismos, frases hechas o expresiones informales propias del entorno de trabajo.
Por ejemplo, en el entorno empresarial es habitual utilizar tecnicismos como «indicadores clave de rendimiento», «retorno de la inversión» o «integración vertical»; pero también expresiones informales como «¿cuál es el elevator pitch?», «congelemos esta conversación» o «¿retomamos este punto más adelante?».
Por lo general, la jerga técnica se adquiere a través del estudio, mientras que el argot profesional se asimila colaborando con colegas experimentados. El uso acertado de este argot sirve como indicador del nivel de experiencia de un profesional, ya que rara vez se enseña en las aulas o en los libros; se aprende en la práctica cotidiana. En consecuencia, no dominar estos modismos puede evidenciar falta de experiencia real sobre el terreno.
Como profesional, es fundamental emplear la jerga y el argot adecuados al interactuar con colegas de su sector. No obstante, para ser un comunicador eficaz, recuerde siempre traducir sus ideas a un lenguaje accesible al dirigirse a audiencias externas, garantizando que su mensaje llegue con total claridad a cualquier persona, con independencia de su formación.