Facilitación
La función del facilitador de una reunión es guiar el debate hacia un resultado productivo. A menudo, esto exige alentar la franqueza, imponer la diplomacia y apartar a los participantes de posibles conflictos.
Tradicionalmente, el facilitador tiene tres responsabilidades principales: exponer el orden del día al inicio de la reunión, gestionar el debate durante el transcurso de la misma y recapitular los siguientes pasos y tareas pendientes al concluir.
La complejidad de la facilitación radica en la gestión del debate: el facilitador debe mantener la reunión enfocada en el orden del día, lograr que todos contribuyan de forma adecuada y, al mismo tiempo, asegurarse de evitar el surgimiento de fricciones.
Mantener a los asistentes centrados en el orden del día suele requerir únicamente recordar con delicadeza que se están desviando del tema, lo cual no exige más que decir: «Aparquemos esa discusión por ahora», «Dejemos eso en pausa» o «Ese es un punto importante que amerita su propia reunión».
Conseguir que todos participen puede representar un reto considerable, en particular cuando existen asimetrías de autoridad, conocimientos técnicos, experiencia y antigüedad.
Por ejemplo, en una reunión con un grupo de becarios para evaluar la eficacia del programa de prácticas, resultará más difícil lograr su participación si también están presentes miembros del equipo ejecutivo. En tal escenario, un buen facilitador deberá frenar periódicamente a los ejecutivos y pedir la opinión directa de los becarios; de lo contrario, estos podrían guardar silencio durante toda la sesión.
Promover la participación también resulta complejo en equipos multifuncionales, donde se espera una contribución equitativa de profesionales con perfiles de especialización diversos.
Por ejemplo, si se convoca una reunión para discutir una nueva solicitud de funcionalidad por parte de un cliente con la participación de diseñadores, ingenieros y comerciales, resulta inevitable que un grupo tienda a monopolizar la conversación en determinado momento.
Al inicio, es previsible que los comerciales dominen el intercambio para explicar los requisitos del cliente; a continuación, los diseñadores formularán propuestas para satisfacer tales demandas; finalmente, los ingenieros determinarán la viabilidad técnica y el coste relativo de los distintos enfoques. Al concluir la reunión, el facilitador enunciará en voz alta el registro de acuerdos y quién asumirá la responsabilidad de cada entrega antes de la siguiente sesión.
En un entorno ideal, todos concederían a los demás el tiempo necesario para exponer sus ideas antes de agotar el tiempo asignado. En la práctica, esto rara vez sucede: ciertas personas tienden naturalmente a dominar la conversación, un rasgo más o menos acentuado según el área profesional.
En nuestro ejemplo, sería natural que los comerciales dominen la conversación, ya que el diálogo es su actividad principal. Por el contrario, los ingenieros, centrados en la resolución de problemas técnicos, disponen de menos ocasiones para debatir y podrían permanecer en silencio en una sala con presencia comercial mayoritaria. Salvo que el facilitador intervenga, la reunión podría consumirse con los comerciales detallando las peticiones del cliente, lo que dejaría la sesión sin pasos accionables y obligaría a convocar otra reunión.
En su lugar, el facilitador debe incentivar la aportación de los ingenieros, interviniendo para poner una pausa a los comerciales en cuanto reiteren un punto previamente expuesto.
Por ejemplo, si un comercial manifestara: «Los clientes exigen tiempos de respuesta más rápidos y costes más bajos; no tienen tiempo que perder ni quieren gastar demasiado dinero. Un cliente con el que hablé se quejó de nuestra demora para responder y del gasto incurrido, y comprendo su frustración. Los clientes siempre buscan optimizar tiempo y dinero, de modo que debemos hallar la forma de entregarles lo que necesitan con mayor rapidez sin que malgasten recursos en funciones innecesarias».
En este punto, el comercial ha reiterado el mismo argumento tres veces sin que los ingenieros hayan intervenido. El facilitador debería intervenir diciendo: «El problema ha quedado claro: los clientes buscan tiempos de respuesta más rápidos y menores costes. ¿Alguien del equipo de ingeniería podría exponer cómo podemos abordar esto?».
Si un ingeniero respondiera: «Podríamos comenzar a analizar cómo optimizar los sistemas más lentos para elevar el rendimiento cuando el cliente percibe lentitud, lo cual podría implementarse aplicando optimizaciones dinámicas que estuvimos evaluando mediante una herramienta de un 3.er proveedor», el facilitador podría exigir mayor concreción: «No queda del todo claro. Específicamente, ¿qué medidas debemos adoptar para resolver la lentitud en los tiempos de respuesta?», ante lo cual el ingeniero precisaría: «Debemos incrementar la capacidad de los servidores».
Si el comercial replicara: «¿Aumentar la capacidad de los servidores? ¡Eso incrementará los costes! ¡El problema es que no programaron bien el sistema! Buscamos que el cliente ahorre dinero, no exigirle que gaste más. Los clientes buscan...», este es el momento exacto donde el facilitador debe actuar para contener el conflicto antes de su escalada, dado el tono poco diplomático del comercial. El facilitador intervendría: «La necesidad de controlar los costes está clara, pero no resulta productivo atribuir culpas a ingeniería ante un problema que aún no se comprende en su totalidad. Démosles la oportunidad de abordar la lentitud de respuesta y analicemos conjuntamente alternativas que resulten rentables».
Facilitar reuniones con eficacia puede ser sumamente complejo, pero es indispensable para el funcionamiento de cualquier organización colaborativa. Asegurar que las personas indicadas traten los temas correctos durante el tiempo preciso constituye más un arte que una ciencia; aun así, todo equipo valora a un facilitador capaz de garantizar una participación equilibrada y mantener el diálogo al margen del conflicto.