Confianza

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Como profesional, debe proyectar confianza para transmitir que se puede confiar en usted para realizar bien un trabajo. Sin embargo, la línea entre la confianza y la arrogancia es sumamente delgada; si se cruza, en lugar de inspirar confianza, generará rechazo, independientemente de su capacidad.

Resulta muy fácil confundir a alguien seguro de sí mismo con alguien arrogante. Por ejemplo, si conociera a un atleta profesional que acaba de ganar una medalla de oro olímpica en los 100 metros lisos, podría ser muy difícil determinar si habla con alguien seguro de su capacidad para ganar carreras o con alguien arrogante que se considera superior a los demás.

El dilema de proyectar confianza sin ser percibido como arrogante puede perseguir incluso a profesionales experimentados a lo largo de toda su carrera. La solución, sin embargo, se conoce desde hace miles de años y es la simplicidad misma: sea humilde, incluso cuando tenga motivos de sobra para no serlo.

Proyectar confianza con humildad se denomina con frecuencia «confianza serena», ya que, en lugar de pregonar su valía, simplemente deja que sus logros hablen por sí mismos.

Retomando el ejemplo anterior, supongamos que usted fuera el atleta profesional que acaba de ganar la medalla de oro. En una recepción para celebrar su victoria, podría pasearse con la medalla al cuello y, ante cada persona que salude, levantarla y decir: «Hola, acabo de ganar esto, así que soy la persona más rápida del planeta; solo para que lo sepas». Aunque esto sea estrictamente cierto y esté justificado para afirmarlo, decirlo resultaría profundamente desagradable. El hecho es que todos ya conocen su logro y no hay motivo para recordarles algo que ya saben. En su lugar, es preferible actuar con humildad, no mencionar jamás su triunfo y dejar que el logro hable por sí mismo.

Esto implica mantener una relación directamente proporcional entre sus logros y su humildad: cuanto mayores sean sus éxitos, más humilde debe ser.

¿Cuál debería ser entonces su estrategia si no cuenta con un logro tan extraordinario como una medalla de oro olímpica? Si consideramos que el logro y la humildad guardan una relación proporcional, significaría que cuanto menos consolidada esté su trayectoria, menos humilde debería mostrarse.

Este enfoque suele resumirse en la máxima: «Finge hasta que lo consigas» (Fake it until you make it), la cual indica que, a falta de logros consolidados, se debe proyectar confianza como si se tuvieran. Este consejo suele darse a quienes inician su carrera profesional y buscan conseguir su primer empleo.

Pensemos en alguien recién graduado en una feria de empleo que busca una entrevista: al recorrer los módulos entregando su currículum, la humildad no le ayudará a conseguir el puesto. En su lugar, debe proyectar confianza amplificando cualquier logro que posea, por pequeño que sea. En el contexto de una feria de empleo para universitarios a punto de graduarse, se espera que destaquen su promedio académico y sus actividades extracurriculares, ya que suelen ser las únicas credenciales con las que cuentan.

Al conseguir una entrevista, deben continuar proyectando la seguridad de que pueden desempeñar el trabajo, sea cual sea, y de que aprenderán lo que no sepan hacer. Deben demostrar entusiasmo, competencia y confiabilidad para que se les brinde la oportunidad de demostrar su potencial.

Si observamos a esta misma persona 40 años después, tras una larga trayectoria de éxitos, no habrá ninguna necesidad de exhibir sus logros ante los demás; la gente ya sabrá lo que ha conseguido y, si no lo sabe, tarde o temprano terminará descubriéndolo.

La habilidad de proyectar confianza profesional radica en ser consciente de los propios logros, saber cuándo dejar de vanagloriarse y confiar en que los demás ya reconocen su competencia. Así es como nos convertimos en profesionales consumados, merecedores del reconocimiento y las distinciones que corresponden a nuestros méritos, sin caer en la arrogancia.

Si usted es un profesional altamente experimentado con un grado elevado de especialización, para evitar que la seguridad derive en prepotencia, conviene reflexionar sobre el efecto Dunning-Kruger: el fenómeno según el cual cuanto menos se sabe sobre un tema, más se cree saber; y, paralelamente, cuanto más se profundiza en una materia, más consciente se es de lo que se ignora.

Por ejemplo, si acaba de comprar una vivienda, cuanto menos sepa de fontanería, más fácil le parecerá renovar todas las tuberías de la casa. Un fontanero experto, en cambio, conoce todo lo que podría salir mal en un proyecto de esa escala, lo que le llevará a abordar la tarea con mucha mayor prudencia y humildad.

Cada vez que experimentemos una seguridad absoluta, debemos preguntarnos: «¿Estoy cayendo en el efecto Dunning-Kruger? ¿Me siento seguro por lo mucho que sé o por lo poco que conozco?».

Por ejemplo, si usted es un neurocirujano eminente y le formulan una pregunta sobre fisiología cerebral, puede tener la plena certeza de dominar el tema. Si, por el contrario, le hicieran una pregunta sobre psicología, lo prudente sería detenerse y cuestionar la relevancia de su experiencia para responderla; por muy prestigioso que sea en neurocirugía, no es psicólogo, y en asuntos de psicología debe remitirse a los profesionales de esa disciplina. A menudo, un momento de duda autocrítica es todo lo que se requiere para permanecer en el terreno de la confianza y no cruzar hacia la arrogancia.

Si alguna vez siente la tentación de dejar de lado la humildad para recitar su currículum, enumerar sus credenciales o jactarse de sus triunfos, pregúntese si está dispuesto a correr el riesgo de alienar a los demás mediante una autopromoción excesiva. Si aspira a ser un profesional respetado y estimado, inclínese siempre por la humildad: es infinitamente mejor ser recordado por un exceso de humildad que por un exceso de arrogancia.

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