Debate
Debatir es un aspecto crítico de la colaboración, ya que a menudo es a través del debate como surgen las mejores soluciones. Un debate es una instancia donde personas con posturas opuestas utilizan argumentos lógicos fundamentados en hechos para demostrar que tienen razón.
Los debates académicos y políticos suelen regirse por normas formales que los participantes deben seguir, tales como el orden de intervención, la duración asignada a cada orador y los temas permitidos. Los debates formales suelen contar con moderadores que hacen cumplir las reglas, cuyo objetivo es mantener el debate enfocado en el tema en cuestión y evitar que se salga de control.
En el entorno laboral, los debates suelen tener un formato libre y autorregulado. Esto permite que se desarrollen de manera orgánica y espontánea, pero también da pie a que una discusión no moderada degenere en una confrontación, entendida esta como un conflicto donde los participantes solo buscan ganar a cualquier costo. Cuando alguien deja de debatir y comienza a pelear, tiende a emplear tácticas basadas en la distracción, el engaño y la falta de honestidad, intentando aparentar tener razón cuando no puede sustentarla con pruebas. A este conjunto de tácticas se le denomina falacias lógicas.
Existen muchas falacias lógicas, pero entre las más comunes se encuentran: el *ad hominem*, en el que se ataca a la persona que expone el argumento en lugar del argumento en sí; el hombre de paja, donde se altera el objeto de discusión por un tema que resulta más fácil de refutar; la pista falsa (*red herring*), donde se introduce un elemento ajeno a la conversación para distraer deliberadamente al oponente; la falacia de arrastre o apelación a la mayoría (*bandwagon*), que sostiene que algo debe hacerse porque muchas personas lo hacen; el falso dilema, donde se toma una situación compleja con múltiples alternativas y se reduce a solo dos opciones; la pendiente resbaladiza, que busca plantear que dar un paso determinado conducirá inevitablemente a un desenlace catastrófico; y la generalización apresurada, en la que se utiliza un único caso como prueba concluyente de un fenómeno generalizado.
Dado que las falacias lógicas son engañosas por naturaleza, a menudo resultan difíciles de identificar, especialmente cuando se entrelazan con argumentos lógicos basados en hechos. Además, en momentos de tensión o apremio, todos somos susceptibles de recurrir a falacias lógicas —seamos conscientes de ello o no— al aferrarnos a cualquier recurso con tal de no perder.
Imagine que mantiene un debate con un colega sobre si el proyecto en el que ambos trabajan necesita más tiempo. Supongamos que usted considera que el proyecto requiere una prórroga en el plazo de entrega, mientras que su colega sostiene que dicha extensión es innecesaria porque todo avanza según el cronograma.
Usted podría decir: "Considero que llevamos retraso y que deberíamos reajustar las expectativas solicitando una prórroga". Su colega responde: "Siempre entras en pánico en cuanto crees que vamos tarde, y la última vez que obtuvimos una extensión resultó que no la necesitábamos. Si seguimos pidiendo prórrogas todo el tiempo, la gente va a pensar que no estamos trabajando o que no sabemos cómo hacer nuestro trabajo. Nadie más está solicitando extensiones, así que deberías dejar de quejarte de cuánto trabajo tenemos y concentrarte en terminar tus tareas".
En este ejemplo, el colega ha encadenado varias falacias lógicas en un intento por demostrar que usted está equivocado.
Primero, comienza con un *ad hominem* al decir: "Siempre entras en pánico en cuanto crees que vamos tarde", atacando su criterio para determinar si el proyecto sufre un retraso sin abordar el problema de fondo sobre la necesidad de más tiempo.
A continuación, al afirmar: "La última vez que obtuvimos una extensión resultó que no la necesitábamos", incurre en una generalización apresurada, insinuando que el hecho de no haber requerido una extensión en una ocasión anterior significa que nunca se requerirá en el futuro.
Posteriormente añade: "Si seguimos pidiendo prórrogas todo el tiempo, la gente va a pensar que no estamos trabajando o que no sabemos cómo hacer nuestro trabajo", lo cual constituye una falacia de pendiente resbaladiza al asegurar que solicitar una prórroga acarreará inevitablemente consecuencias nefastas. A su vez, encierra un falso dilema al forzar a que las personas lleguen a una de dos únicas conclusiones negativas, omitiendo las múltiples razones legítimas por las que se puede solicitar tiempo adicional.
Luego, la afirmación "Nadie más está solicitando extensiones" es una falacia de arrastre (*bandwagon*), ya que, aun siendo un hecho verídico, que nadie más solicite una prórroga no implica que usted no deba hacerlo.
Asimismo, sostener que "deberías dejar de quejarte de cuánto trabajo tenemos" es un argumento de hombre de paja, ya que representa una postura que su colega podría refutar con facilidad si usted asumiera la posición opuesta —al verse forzado a defender que es correcto quejarse de la carga de trabajo—, a pesar de que usted jamás planteó ese punto.
Finalmente, al señalar que debería "concentrarte en terminar tus tareas", introduce una pista falsa (*red herring*), dado que su nivel de concentración no guarda relación con la evaluación del retraso en el cronograma ni con la necesidad de ampliar el plazo.
La clave para mantener un debate saludable radica sencillamente en evitar el uso de falacias lógicas a título personal y frenar con asertividad a los colegas cuando incurran en ellas, de la forma más directa y diplomática posible.
Por ejemplo, cuando su colega diga: "Siempre entras en pánico en cuanto crees que vamos tarde", usted podría intervenir: "Detengámonos ahí. El tema central es que el cronograma presenta un desfase, evidenciado en que aún no hemos concluido las tareas críticas y la fecha límite es mañana por la mañana. Propongo reajustar las expectativas ahora, en lugar de esperar a que el plazo se venza".
Interrumpir con asertividad a un colega que emplea tácticas deshonestas para desacreditar su postura puede resultar incómodo, pero es fundamental para consolidar una cultura de comunicación propicia para el debate de alto nivel. Con el tiempo, sus colegas comprenderán que usted está abierto a debatir, siempre y cuando la discusión se base en argumentos lógicos fundamentados en hechos y permanezca libre de falacias.