Paciencia

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Hay momentos en que las cosas no avanzan tan rápido como nos gustaría, y nos vemos obligados a elegir entre presionar a quienes nos rodean para que aceleren el paso o ser pacientes y permitir que los procesos concluyan a su propio ritmo.

El mundo empresarial está lleno de personas impacientes, y con razón: el tiempo es dinero. Cuanto más se tarda en completar una tarea, más cuesta; y si una oportunidad depende del factor tiempo, podría perderse. Esta es la realidad profesional: todo tiene un plazo límite, nunca hay tiempo suficiente para hacer todo lo deseado y siempre habrá alguien insatisfecho con el progreso alcanzado. Por lo tanto, no es de extrañar que la mayoría de los profesionales se encuentren bajo una inmensa presión por rendir, y que esta presión genere una enorme cantidad de estrés.

Según la persona, lidiar con el estrés de un entorno de alta presión puede resultar estimulante o desmoralizador. Mientras que algunos disfrutan la sensación de verse abrumados y tener que rendir al máximo nivel solo para sobrevivir, muchos otros prefieren un ritmo más manejable que les permita tener vida fuera del trabajo.

Cualquier persona sensata coincidiría en que tener una vida fuera del trabajo debería ser el objetivo primordial, ya que trabajamos para vivir y no vivimos para trabajar. Sin embargo, en la práctica, al enfrentarnos a las presiones del día a día, solemos desechar con rapidez la idea del equilibrio entre la vida laboral y personal, hasta el punto de no sentirnos cómodos tomando los días de vacaciones que nos corresponden por derecho.

Cada individuo es libre de gestionar su vida y su carrera según lo estime conveniente, pero surgen problemas graves cuando un colega que prospera y disfruta en un entorno de alta presión interactúa con otro que está desbordado y apenas logra mantenerse a flote.

Imagine a una persona a la que le apasiona recibir cargas de trabajo excesivas, que busca plazos de entrega ajustados y que, en general, prefiere trabajar antes que dormir. Una tarde, al final de la jornada laboral, se da cuenta de que necesita algo de un colega; le envía un correo electrónico solicitándolo, pero no obtiene respuesta inmediata. Luego envía un mensaje de texto, pero sigue sin respuesta. Llama por teléfono, pero el colega no responde. Es fácil comprender la frustración de esta persona, pues necesita un insumo y su compañero no se lo está proporcionando.

Lo que esta persona no comprende, sin embargo, es que la jornada laboral ha terminado y la gente tiene una vida más allá del trabajo. Aunque ella elija trabajar toda la noche, la mayoría de las personas tienen familiares y amigos a los que desean regresar tras dedicar la mayor parte de sus horas de vigilia al empleo.

Si un colega no avanza al ritmo que usted desearía, analice primero si está siendo justo al imponerle su propio cronograma sobre cuándo deben completarse las tareas. Pregúntese cuáles son las expectativas reales del puesto y si su colega las está cumpliendo o no. Si está cumpliendo con las expectativas, pero a usted aún no le satisface su ritmo de avance, pregúntese si su postura es razonable.

Cuando las personas buscan maximizar la productividad, tienden a trabajar jornadas prolongadas y esperan que los demás hagan lo mismo. Al medir la productividad, existen generalmente dos escuelas de pensamiento: la productividad se mide por las horas trabajadas, o bien por el valor producido. La primera definición suele llevar a la conclusión de que se debe trabajar más horas; la segunda, a que se debe trabajar con mayor eficiencia.

Considere una situación en la que usted y un colega deben preparar informes independientes para regiones geográficas distintas pero comparables. El informe tiene un formato estándar, pero los datos deben recopilarse, analizarse y presentarse en un documento con tablas y gráficos. Hoy es miércoles y la fecha límite es el lunes por la mañana a las 9:00.

Al revisar el trabajo pendiente, advierte que apenas dispondrá de tiempo suficiente y que probablemente deberá trabajar noches y fines de semana solo para tener algo presentable el lunes por la mañana. Acto seguido, se pone a trabajar intensamente, avanzando lo más rápido posible para abarcar el máximo volumen. Alrededor de las 17:00, su colega le anuncia que se retira por hoy. Usted le pregunta si no le preocupa la fecha límite del lunes a las 9:00; le responde que no, lo que le lleva a pensar que no se está tomando el plazo en serio.

A medida que se acerca el fin de semana, se da cuenta de que tendrá que trabajar ambos días para tener alguna posibilidad de terminar el informe. Se queja ante su colega por lo injusto del plazo y el hecho de que obligue a ambos a trabajar el fin de semana. Su colega responde: «Yo no voy a trabajar el fin de semana». Atónito, le pregunta: «¿No te preocupa entregar el informe el lunes por la mañana?», a lo que responde: «No, en absoluto». En ese momento, usted queda convencido de que no se está tomando el plazo con seriedad.

Tras trabajar todo el fin de semana habiendo dormido apenas desde el miércoles, finalmente envía el informe a las 8:59, con solo un minuto de margen. Justo entonces nota que su colega envió su informe completado el viernes por la tarde. Lo abre y descubre un documento impecable, exhaustivo, conciso y completo.

Ahora bien, ¿cuál de los dos fue más productivo: usted o su colega? La respuesta es que ambos fueron igualmente productivos, asumiendo que el trabajo fue de idéntica escala, alcance y calidad. Ahora, ¿cuál de los dos gestionó su tiempo con mayor eficiencia? La respuesta es evidente: su colega fue mucho más eficiente, ya que logró el mismo resultado en menor tiempo.

Dado que la verdadera medida de la productividad radica en los resultados tangibles y no en las horas trabajadas, la noción misma de impacientarse con un colega que avanza con mayor lentitud queda en entredicho. En lugar de imponer a los demás nuestro propio criterio de velocidad, debemos evaluar con objetividad qué debe hacerse y para cuándo, permitiendo que cada quien trabaje a su propio ritmo. Si no cumplen con el plazo, se abre una oportunidad de coaching; pero ese coaching no debe enfocarse en trabajar más horas, sino en trabajar de manera más eficiente.

Del mismo modo que debemos ser pacientes con nuestros colegas, también debemos serlo con nosotros mismos. Ser implacable con uno mismo por considerar que no se trabajan suficientes horas desvirtúa el verdadero propósito de la productividad en los negocios: lo que cuenta no son las horas invertidas para cumplir un plazo, sino la calidad de lo que se entrega al vencer este.

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