Estrés

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El estrés laboral es una parte inevitable de la vida profesional, pero no todos los tipos de estrés son perjudiciales. El estrés positivo surge de trabajar con determinación para alcanzar un objetivo que consideramos relevante. El estrés negativo suele aparecer cuando las personas están sobrecargadas de trabajo, se sienten poco valoradas o enfrentan conflictos con sus compañeros. Si no logramos reducir la cantidad de estrés negativo que experimentamos, la frustración puede llevarnos a desencadenar un conflicto, incluso sin desearlo.

Cuando nos sentimos realizados, valorados y motivados, nuestra labor genera un estrés positivo. Nos esforzaremos por dar lo mejor de nosotros mismos, buscaremos y resolveremos problemas de manera proactiva y haremos todo lo posible por cumplir los plazos. Al final de una jornada exigente y cargada de estrés positivo, quizá estemos agotados, pero mantendremos el entusiasmo por continuar al día siguiente.

Cuando nos sentimos abrumados por el volumen de trabajo asignado, cuando las tareas no nos llenan y los plazos resultan irrazonables, nuestro esfuerzo genera un estrés negativo. Tenderemos a perder el interés por el trabajo, cualquier entrega tenderá a ser de baja calidad y prácticamente renunciaremos a cumplir con las fechas límite. Al final de un día arduo y marcado por el estrés negativo, podemos sentirnos desanimados, tristes y ansiosos, llegando a rechazar la sola idea de volver a trabajar mañana.

Más allá del estrés negativo originado por las obligaciones laborales, si a esto se añade un entorno de trabajo tóxico, la tensión puede volverse insoportable. Los entornos laborales tóxicos suelen originarse cuando las personas no se dirigen a sus pares con respeto y, en lugar de recurrir a la diplomacia, adoptan un tono pasivo-agresivo o abiertamente agresivo.

Por ejemplo, en un entorno laboral saludable, alguien podría decir: «Avísame cuando termines», mientras que en uno tóxico diría: «No puedo creer que todavía no hayas terminado». En lugar de: «Si necesitas ayuda, dímelo y te echo una mano», dirían: «Tienes que aprender a sacar el trabajo adelante tú solo, porque nadie te va a ayudar». En vez de: «Tenemos la reunión de seguimiento ahora mismo, ¿vienes?», dirían: «Genial, otra reunión de seguimiento inútil».

La forma en que nos comunicamos influye de manera tan decisiva en nuestro bienestar profesional que debemos asegurarnos de expresarnos con asertividad: manifestando nuestra postura con la mayor franqueza posible, pero siempre con el más alto nivel de diplomacia. Esto resulta especialmente difícil cuando el estrés negativo nos ha dejado sin margen para la cortesía y, en lugar de comunicarnos con respeto, arremetemos contra los compañeros, recurrimos al sarcasmo y a la insensibilidad, o nos ponemos a la defensiva e irritables ante la menor provocación.

Dado que el estrés negativo puede mermar nuestra disposición a ser diplomáticos, y que una comunicación carente de tacto alimenta un entorno laboral hostil, el objetivo primordial debe ser reducir el estrés negativo. Esto abarca dos frentes: reducir las fuentes externas de tensión y regular nuestra propia respuesta ante el estrés.

Aunque a veces cueste creerlo, la inmensa mayoría de las organizaciones preferiría que sus colaboradores solo experimentaran estrés positivo y nunca negativo. El motivo es puramente pragmático: el estrés positivo impulsa la productividad, mientras que el estrés negativo la deteriora. La confusión radica en que los factores externos de presión provienen con frecuencia de la propia empresa, lo que lleva a pensar erróneamente que la organización fomenta deliberadamente ese estrés. Nada más lejos de la realidad.

Las organizaciones están formadas por personas, y las personas tienen días buenos y malos. Asimismo, el futuro es incierto; a menudo las organizaciones toman la mejor decisión posible con la información disponible en su momento, pero esa decisión termina afectando negativamente a las personas más adelante. Dicho de otro modo: las empresas son imperfectas porque las personas lo son. Esto conduce a errores corporativos, como asignar una sobrecarga de tareas, delegar el tipo de trabajo incorrecto o definir expectativas poco realistas.

Comprender que la imperfección es un efecto colateral inherente a toda organización, y saber que las empresas buscan potenciar el estrés positivo reduciendo el negativo, le otorga un sólido poder de negociación a la hora de reconvertir el estrés perjudicial en estrés constructivo.

Por ejemplo, si se siente desbordado por el volumen de trabajo asignado, solicite apoyo a su equipo o plantee redistribuir algunas responsabilidades. Si percibe que sus tareas carecen de interés, confirme si son verdaderamente necesarias; si lo son, proponga recibir capacitación en herramientas y metodologías que le permitan completarlas con mayor agilidad. Si considera que un plazo es irrazonable, presente un plan estructurado para acotar el alcance, sumar recursos o solicitar una reprogramación de la fecha límite.

Si no es viable eliminar todas las fuentes externas de estrés negativo, aún podemos gestionar nuestra respuesta interna ante él. Solo se requiere asumir un principio fundamental: mantenemos el control absoluto sobre nuestra reacción al estrés, aun cuando tengamos poco o ningún control sobre las causas que lo provocan.

Existen diversas técnicas orientadas a dominar nuestra reacción frente al estrés negativo:

Podemos respirar de forma profunda y pausada para restablecer la calma.

Podemos adoptar un enfoque estoico, aplicando la lógica y la razón para distinguir lo que está bajo nuestro control de lo que no, aprendiendo a desestimar la preocupación por lo incontrolable.

Podemos observar las situaciones desde múltiples perspectivas para transformar circunstancias adversas en oportunidades constructivas, optando por ver el vaso medio lleno en lugar de medio vacío.

Podemos cambiar el diálogo interno con el que nos explicamos una situación, sustituyendo expresiones como «sí, pero...» por enfoques constructivos como «al menos...».

Cualquiera sea la vía elegida para mitigar el estrés negativo —ya sea suprimiendo factores externos, regulando la respuesta interna o combinando ambas tácticas—, la meta es preservar nuestra capacidad para comunicarnos con diplomacia. Solo así evitaremos generar o alimentar un entorno laboral tóxico, reduciendo al mínimo la incidencia de conflictos en el trabajo.

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