Felicidad
A la hora de interpretar el lenguaje corporal, la felicidad suele ser una de las emociones más fáciles de reconocer. Sin embargo, las señales no verbales de la felicidad abarcan desde la exuberancia hasta la satisfacción, y aunque la exuberancia resulta fácil de detectar, identificar la satisfacción a veces puede ser bastante más difícil.
Para visualizar las señales no verbales de la exuberancia, piense en alguien que acaba de enterarse de que ganó la lotería. Sus ojos se abrirán de par en par, sus cejas se elevarán y su boca se abrirá para luego formar una enorme sonrisa. Empezará a saltar, levantará los brazos al aire y comenzará a temblar de emoción. Al dirigirse a reclamar su premio, caminará a saltos o con pasos amplios y rápidos, balanceando los brazos con el pecho erguido, la cabeza alta y los hombros hacia atrás.
Mientras que la exuberancia es evidente, las personas que experimentan satisfacción no realizan grandes gestos ni muestran expresiones faciales fácilmente identificables. En consecuencia, con demasiada frecuencia se confunde la satisfacción con la apatía, es decir, con una aparente indiferencia ante un hecho positivo.
Imagine formar parte de un grupo al que acaban de anunciar que todos recibirán una importante bonificación de fin de año. Algunas personas reaccionarán con exuberancia, saltando de alegría y felicitándose con amplias sonrisas. Sin embargo, unos pocos simplemente parecerán satisfechos: se mostrarán tranquilos, relajados y totalmente libres de estrés o preocupación. Podrían cerrar los ojos, respirar hondo, exhalar lentamente y, quizás, solo elevar ligeramente las comisuras de los labios junto con las cejas, sin nada más.
Sería un error confrontar a estas personas y decirles: «¿Por qué no estás emocionado?», «Creí que esto te alegraría» o «¡Deberías estar sonriendo!». Cada persona expresa la felicidad de manera distinta; si su manifestación no coincide con lo esperado, no se debe exigir que se ajuste a las expectativas ajenas. Cuando alguien se siente satisfecho, requiere mayor atención percibir su estado, pero no se debe pretender que salte de alegría si esa no es su reacción natural.
Más allá de la satisfacción, existen razones de peso por las que alguien podría no mostrar las señales no verbales de la exuberancia, aun cuando en realidad se sienta sumamente feliz. Un claro ejemplo se da en los jugadores profesionales de póquer de altas apuestas, donde la menor muestra de felicidad puede costar una cantidad considerable de dinero.
Del juego del póquer procede el término «cara de póquer», que alude a quien no refleja emoción alguna en el rostro, así como la noción de tener un «delator» (o tell): una señal no verbal casi imperceptible que permite interpretar la emoción de una persona aun cuando hace todo lo posible por ocultar sus verdaderos sentimientos. Un indicio delator puede ser algo tan sutil como una leve contracción del labio, el parpadeo constante o la dilatación de las fosas nasales. Los jugadores de póquer son especialmente hábiles identificando estos indicios, lo que los lleva a utilizar gorras y gafas de sol durante las partidas para evitar que sus señales involuntarias den pistas a sus rivales sobre las cartas que tienen en mano.
Fuera del ámbito del póquer de alto nivel, existen momentos en el entorno profesional donde las muestras abiertas de felicidad resultarían estratégicamente imprudentes o incluso inapropiadas.
Por ejemplo, supongamos que está negociando un acuerdo comercial de gran envergadura y propone a un cliente un contrato con un coste asociado muy superior a lo que realmente esperaba obtener del trato. Quizás anticipaba que el cliente negociaría a la baja, por lo que incluyó un amplio margen de maniobra en el precio para poder hacer concesiones sin incurrir en pérdidas. Si el cliente revisara el contrato y dijera: «Me parece bien», y usted mostrara repentinamente señales no verbales de exuberancia, este podría notar su extraordinaria felicidad, percatarse de que el precio propuesto superaba con creces lo que esperaba que aceptara y proceder entonces a negociar a la baja. Este escenario explica por qué prácticamente todo negociador desarrolla su propia «cara de póquer».
Otra situación en la que conviene moderar las señales no verbales de felicidad ocurre cuando exteriorizarla resulta inapropiado.
Por ejemplo, imagine que usted y sus compañeros de trabajo compiten por fondos limitados para una nueva iniciativa, de modo que varios presentaron sus propias propuestas, pero solo un proyecto recibirá financiación. Si se anunciara que su propuesta resultó ganadora, sería inapropiado mostrar señales no verbales de exuberancia, como festejar efusivamente levantando los brazos y riendo a carcajadas. Para actuar como un ganador elegante, profesional y maduro, lo adecuado sería proyectar señales de satisfacción contenida; aun habiendo ganado, sus colegas perdieron, y una celebración desmedida equivaldría a refregarles la victoria.
Así como existen ocasiones en las que resulta ventajoso reprimir las señales no verbales de la felicidad, también hay momentos en los que conviene fingirlas, un fenómeno que cualquier adulto conoce bien. Uno de los atractivos de observar a los niños jugar radica en que, al no dominar el arte de enmascarar sus emociones, exhiben sin reservas todas las señales no verbales auténticas de lo que sienten. Lamentablemente, al alcanzar la adultez, se aprende con rapidez que existen circunstancias en las que resulta socialmente adecuado fingir estas expresiones de felicidad.
Una situación clásica ocurre cuando alguien cuenta un chiste sin gracia, no necesariamente por ser ofensivo, sino tal vez debido a un planteamiento o un remate deficientes. Para evitar que la falta de risa hiera los sentimientos del interlocutor, la mayoría opta por forzar una carcajada y fingir una sonrisa.
Curiosamente, una peculiaridad de la musculatura facial humana ofrece prácticamente en cualquier persona un indicio revelador sobre si una sonrisa es falsa o genuina. Aunque es posible controlar conscientemente los músculos alrededor de la boca y retraer los labios hacia arriba para sonreír, no ocurre lo mismo con los músculos situados en el extremo exterior de los ojos, los cuales forman arrugas —a menudo llamadas «patas de gallo»— al esbozar una sonrisa auténtica. Por ello, es posible distinguir una sonrisa falsa de una verdadera observando si se forman patas de gallo en las comisuras de los ojos mientras la persona sonríe con la boca. Este efecto se aprecia con mayor facilidad en fotografías: al cubrir la parte inferior del rostro, suele ser evidente si la sonrisa es falsa con solo verificar la presencia de patas de gallo junto a los ojos.
Ya sea que la felicidad se manifieste a través de la exuberancia, la satisfacción o un punto intermedio, es preciso reconocer que cada individuo expresa sus emociones a su manera. Independientemente de cómo alguien demuestre que es feliz —sea dando saltos de alegría o mediante un discreto suspiro—, tiene pleno derecho a manifestarlo como prefiera.