Aceptación
Es fundamental recordar que no todo comportamiento que nos resulta irritante constituye necesariamente una mala conducta; a menudo se trata simplemente de una peculiaridad inofensiva de la personalidad de alguien que debemos aprender a aceptar.
La aceptación no es lo mismo que la tolerancia. Cuando toleramos a alguien cuyo comportamiento nos molesta, intentamos encontrar una forma de coexistir mientras procuramos cambiar su mala conducta. Cuando aceptamos a alguien, deja de molestarnos, ya que asumimos la verdad universal de que cada persona es diferente, y el hecho de que alguien sea distinto no significa que deba cambiar.
Hay miles de millones de personas en el mundo y cada una sigue su propio camino a lo largo de la vida. Cuando nos encontramos con alguien cuya conducta nos irrita —pero que en última instancia resulta inofensiva—, y siempre que nuestro objetivo sea la armonía social, debemos aceptarlo tal como es.
Por ejemplo, quizá piense que alguien habla demasiado alto, que viste de forma excesivamente llamativa o que no le agrada el olor de la comida que lleva al trabajo. Estos comportamientos pueden resultarle molestos, pero eso no los convierte en malas conductas. No debemos esperar que las personas cambien si usted es la única persona a quien le incomoda cómo actúan, hablan, caminan, se paran, se sientan o huelen.
No hace falta buscar muy lejos para encontrar diferencias que nos resulten irritantes. Quizás alguien escuche música que a usted no le gusta, disfrute de películas que considera pésimas o no le agrade por quién votó en las últimas elecciones. En todos estos casos, en una sociedad libre, las personas tienen pleno derecho a ser quienes desean ser. Si usted tiene un conflicto personal con sus preferencias musicales, cinematográficas o políticas, es usted quien debe aceptarlas; ellos no tienen por qué cambiar solo para que usted se sienta más cómodo.
Desafortunadamente, todos los entornos laborales tienden a contar con normas sociales establecidas, seamos conscientes de ellas o no. Cuando alguien nuevo se incorpora a nuestro lugar de trabajo, también se integra a nuestro grupo social, y solemos esperar que se amolde a nosotros. Cuando creemos que alguien se ajustará a nuestras normas sociales, decimos que es «un buen encaje», lo cual es otra forma de expresar que creemos que se comportará de un modo que nos haga sentir cómodos.
Cuando decimos que alguien «no encaja», afirmamos que no se ajusta a nuestras normas sociales y que, de unirse a nuestro grupo social, nos incomodaría. Las personas muestran una gran resistencia a incorporar a su grupo a quienes consideran que no van a «encajar», pues temen que sus diferencias provoquen falta de armonía social y disrupciones en el entorno laboral.
La tentación de decir: «debes adaptarte a nosotros porque nosotros somos muchos y tú eres solo uno», resulta muy difícil de resistir. Las normas sociales y los estándares de comportamiento son difíciles de establecer y, una vez consolidados, es propio de la naturaleza humana resistirse a que cambien.
El problema de esta mentalidad tribal de «debes encajar con nosotros» es que, para competir en el escenario global, debemos seleccionar a compañeros de equipo que sean los mejores en lo que hacen, con independencia de si se parecen o no a nosotros.
Esta es una de las múltiples diferencias entre un grupo social en el ámbito profesional y uno en la vida personal. Como profesionales, debemos procurar trabajar con los perfiles más competentes posibles y enfocarnos en construir un equipo cohesionado mediante la confianza mutua y los objetivos compartidos, no a través de afinidades en música, cine, gastronomía o posturas políticas.
Los equipos atraviesan diversas fases de formación y, al principio, surgirá cierta incomodidad a medida que cada persona se adapte a diferencias que le resulten molestas. No obstante, una vez que todos aprenden a aceptar las diferencias de sus compañeros y a concentrarse en lo que los une en torno a un objetivo común, en lugar de en los rasgos personales que los separarían, solo entonces es posible consolidar un verdadero equipo profesional capaz de alcanzar metas extraordinarias.
La alternativa consiste en trabajar únicamente con personas afines y confiar en que los profesionales más cualificados sean idénticos a nosotros. En términos estadísticos, esto es sumamente improbable: incluso si somos excepcionales dentro de nuestro círculo conocido, existen muchas otras personas sobresalientes en el mundo a las que jamás hemos conocido. El verdadero poder de una organización moderna reside en reunir a profesionales excepcionales procedentes de una amplia diversidad de grupos sociales y, mediante metas compartidas, fracasos comunes y logros colectivos, transformarlos en un auténtico equipo de alto rendimiento.
Un verdadero equipo está integrado por personas que se han aceptado mutuamente, al margen de sus diferencias. En vez de centrarse en rasgos y características personales, se enfocan en la misión y en cómo las fortalezas de cada integrante contribuirán a su cumplimiento exitoso. Todos tenemos debilidades y, cuando trabajamos de forma aislada, estas pueden impedirnos alcanzar nuestro máximo potencial. Sin embargo, al formar parte de un verdadero equipo, las fortalezas de los compañeros compensan nuestras debilidades, permitiéndonos lograr mucho más de lo que alcanzaríamos por cuenta propia.
La aceptación exige anteponer el éxito del equipo a nuestra necesidad individual de comodidad social. Al inicio de la colaboración con alguien diferente, la situación resultará incómoda mientras se descubren las particularidades de cada uno: qué los motiva, qué aspectos agradan, cuáles generan fricción y cómo colaborar eficazmente. Con el tiempo, las diferencias superficiales, triviales e intrascendentes quedarán atrás, reemplazadas por la confianza mutua, el respeto compartido y metas comunes. La armonía social se restablecerá entonces, a medida que cada miembro acepte a los demás tal como son.
A medida que se incorporan nuevos integrantes, este proceso se repite, garantizando así el mantenimiento de la armonía social a largo plazo. Al permitir periódicamente que las normas sociales evolucionen ante personas nuevas y diversas, y al aguardar con paciencia a que el entorno alcance un nuevo estándar de armonía, podremos rodearnos de los mejores profesionales posibles para lograr nuestros objetivos compartidos, hayan sido o no considerados inicialmente como «un buen encaje».