Conciencia
La comunicación no verbal comprende todo aquello que se transmite al margen de las palabras habladas. A menudo se asume que la comunicación no verbal es sinónimo de lenguaje corporal; sin embargo, el lenguaje corporal es solo una de sus dimensiones.
Incluso antes de hablar o de mover un solo músculo, nos estamos comunicando de forma no verbal. ¿Qué ropa llevamos puesta? ¿Cómo nos peinamos? ¿Cuál es nuestro nivel de pulcritud personal? Antes de pronunciar una sola palabra, usted ya está transmitiendo información sobre su identidad, sus intenciones, su trasfondo y el grado de seriedad con el que debe ser considerado.
Cuando empezamos a movernos, el volumen de información que transmitimos se dispara. La postura al estar de pie, cómo nos sentamos, nuestros gestos y hacia dónde dirigimos la mirada: todo ello envía un flujo masivo de información a quien nos observa.
Al comenzar a hablar, el contenido de las palabras suele importar menos que la forma en que se pronuncian.
Un leve cambio de ritmo, tono, timbre, cadencia o inflexión transforma un «¡Qué alegría estar aquí!» en un «Qué alegría estar aquí». Se pronunciaron exactamente las mismas palabras, pero con significados totalmente distintos. Esta es la esencia de la comunicación no verbal: ser consciente de lo que los demás transmiten más allá de las palabras que articulan.
Cuando alguien le habla, es preciso observar cada detalle, desde la coronilla hasta la punta de los pies. Los seres humanos nos comunicamos con todo el cuerpo. Al escuchar a un interlocutor, debemos prestar atención a sus piernas, torso, brazos, manos, cuello y hombros. Solo tras registrar todo lo anterior, debemos enfocarnos también en su rostro.
El rostro desempeña un papel paradójico en la comunicación no verbal. La frente, la nariz, los ojos y la boca emiten cantidades ingentes de información valiosa. Desafortunadamente, desde muy temprana edad se nos enseña a ocultar nuestros verdaderos sentimientos mediante el control facial. Cuando se trata de disimular lo que sentimos, hemos pasado la vida entera asegurándonos de no mirar fijamente, de sonreír cuando corresponde, de aparentar interés y de reír ante chistes sin gracia. Esto convierte al rostro en una fuente inagotable de comunicación no verbal en la que, con frecuencia, no podemos confiar plenamente.
El resto del cuerpo, sin embargo, es un asunto completamente distinto. Jamás aprendimos a enmascarar nuestras emociones reales a través de los pies, las piernas, el torso, los brazos, las manos o los hombros. Cuanto más abajo observemos en el cuerpo humano en busca de señales no verbales, más honestas serán dichas señales. Alguien puede sonreírnos y aparentar interés en lo que decimos, pero si la totalidad de su cuerpo está orientada hacia la salida y solo gira la cabeza hacia nosotros, en realidad carece de interés y preferiría estar en cualquier otro lugar.
Nuestra biología está programada para captar constantemente la comunicación no verbal, ya que ha sido la clave de nuestra supervivencia durante millones de años.
En nuestro cerebro coexisten el neocórtex, donde se originan los pensamientos conscientes, y el sistema límbico, considerado el origen de nuestros instintos. Cuando caminamos por un callejón oscuro a altas horas de la noche y vemos a alguien avanzar hacia nosotros, el neocórtex razona: «Lógicamente, no tengo motivos para temer a un completo desconocido»; sin embargo, el sistema límbico puede instarnos a acelerar el paso o incluso a huir en dirección contraria. Esto se debe a que la función primordial del sistema límbico es garantizar nuestra supervivencia.
La sensación de «escuché lo que dijo, pero algo no encaja» es el sistema límbico advirtiéndole que ha detectado una incongruencia. Desarrollar conciencia sobre la comunicación no verbal implica prestar atención cada vez que perciba que algo no cuadra, y agudizar la observación para identificar con precisión de qué se trata.
Como ejercicio para evaluar la agudeza de su sistema límbico al detectar señales no verbales, reproduzca un video de su figura política favorita —o más detestada— y silencie el audio. Obsérvela responder preguntas y reflexione sobre si le genera confianza lo que expresa. Quienes se dedican a la política reciben un entrenamiento exhaustivo para ocultar sus verdaderos sentimientos manipulando su lenguaje corporal, lo cual constituye una verdadera prueba para su capacidad perceptiva.
En poco tiempo, sintonizará con su comunicación no verbal y comenzará a notar variaciones en sus ojos, boca, mandíbula, frente y cejas. Interpretar la cabeza, el cuello, el torso, los brazos y las manos de un líder político resulta sumamente complejo, pues están instruidos para permanecer inmóviles o para moverse con patrones muy específicos. Observe además que la clase política suele hablar tras un atril y ser filmada del torso hacia arriba, ocultando convenientemente las piernas y los pies, zonas con frecuencia más transparentes.
Tras analizar varios videos de políticos respondiendo preguntas sin sonido, notará que su sensibilidad ante la comunicación no verbal se ha incrementado. Ahora, al observar a personas sin entrenamiento para disimular su corporalidad, tendrá a su disposición un caudal de información inédito. Una vez calibrado su sistema límbico con dirigentes políticos, el siguiente paso consiste en observar entrevistas a celebridades con el audio silenciado. A continuación, comience a rastrear señales no verbales en desconocidos. En el tren, en la fila del supermercado, durante una caminata por el parque o en cualquier lugar donde haya personas, preste atención a lo que revela su lenguaje no verbal.
Por último, al dialogar cara a cara con un amigo, familiar o colega de trabajo, otorgue el control a su sistema límbico y aprenda a confiar en su instinto. ¿Debe escuchar sus palabras? Desde luego que sí. ¿Debe prestar una atención mucho más rigurosa a lo que comunican de forma no verbal? Sin lugar a dudas. Para convertirse en un comunicador magistral, no basta con concentrarse en las palabras: la manera en que alguien expresa un mensaje suele ser mucho más elocuente que el contenido de lo que dice.